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Una ciudad que es rehén del ruido vehicular

Una ciudad que es rehén del ruido vehicular

Tres investigadores de esta ciudad se dedicaron a un trabajo científico que luego de cinco años determinó de manera paradójica que el ruido es una amenaza sigilosa.

Está presente por todos lados. En el sector comercial, donde con altoparlantes se anuncian las ofertas del momento; en el área residencial, cuando los vendedores ambulantes pregonan sus productos. Y aunque en los hospitales se peguen carteles de ‘Silencio’, tampoco se escapan de la afectación que genera el ruido.

Sin embargo, existe un generador transversal del bullicio generado por 2.400 buses y 400.000 autos. El tránsito vehicular atraviesa todo el escenario urbano. El estudio determinó que es el peor de todos los contaminantes sonoros.

“Lo de la música con altoparlantes en la bahía, es un hecho puntual. Lo del tráfico vehicular, eso es permanente y uniforme. No para ni en las noches”, dice Marcial Calero Amores, uno de los investigadores que desde el 2013 anda detrás del ruido urbano, y que junto con su hija, Laura Calero Proaño, y Milton Andrade Laborde, subdecano de la Facultad de Ingeniería, Industria y Construcción de la Universidad Laica Vicente Rocafuerte, han recorrido la ciudad tomándole el pulso al bullicio.

El tráfico rodado es la mayor fuente de contaminación acústica en esta ciudad. Para determinarlo, ubicaron 12 sonómetros (mide el nivel de ruido) en cinco sectores, organizados de acuerdo al modo de ocupación: residencial, comercial, industrial, educativo y hospitalario.

¿Qué arrojaron las averiguaciones instrumentales? Que la contaminación acústica supera en promedio un 80 % las normas del Ministerio del Ambiente (MAE). Sin embargo, los estudios también determinan que no se presentan sonidos que alcancen una intensidad de daño inmediato en la salud.

En todo caso, el rango máximo puntual de la polución acústica urbana por sector se ubica en estos índices: 98 %, en el educativo; y, hasta el 30 %, para la zona industrial, con un promedio del 69 %.

Con base en la normativa del MAE, el ruido se sitúa en los siguientes rangos: desde el 16 % para la zona industrial; y, hasta el 92 % para la zona educativa.

Los resultados de este estudio denominado ‘Indicador ambiental-acústico en la calidad de vida urbana de Guayaquil’, relacionó más de 3.000 registros sonoros, vehicular, suelo y de percepción, y fueron presentados en diferentes escenarios científicos, uno de ellos, Cádiz (España), en octubre del año pasado.

La investigación determina que la fuente principal de la contaminación acústica es el tráfico vehicular, con una densidad promedio de 1.207 carros por hora. Esto representa el 98 % de afectación en el indicador urbano que evalúa la calidad de vida del ciudadano.

Pero no solo por instrumentación se midió el efecto del ruido. Paralelamente se evaluó la percepción de los transeúntes y usuarios (hospitales, planteles educativos, comercio…).

“Este es uno de los referentes importantes de la investigación”, dice Laura Calero, docente y miembro del Comité Científico de la facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Guayaquil.

“Los ciudadanos determinan con el 79 % la existencia de la problemática debido al ruido”, dice una publicación de julio de 2017 en la revista Yachana, que resume las partes importantes del estudio.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, durante el día el ruido en los hogares procedente de la calle no debería sobrepasar los 55 decibelios; y durante la noche, para dormir bien, entre 30 y 40 decibelios. En Guayaquil, está entre los 82 a los 87 decibelios.

En la ley se hace un intento para regular el tema. El Código Orgánico Integral Penal, en su artículo 392, sanciona con el 5 % del salario básico ($ 19,50) y reducción de 1,5 puntos en la licencia de conducir a quien “use inadecuada y reiteradamente la bocina u otros dispositivos sonoros contraviniendo las normas previstas en los reglamentos de tránsito y demás normas aplicables, referente a la emisión de ruidos”.

En la ciudad el problema ha intentado ser regulado por la Agencia de Tránsito Municipal. En 2016, luego de que se detectara que en sectores como la calle José de Antepara los buses causaban una mayor contaminación auditiva, retiró las bocinas.

El director de Tránsito de la ATMFernando Amador, admite que en la entidad no hay un departamento que se encargue específicamente del ruido, porque eso lo hace el Municipio, a través de su Dirección de Ambiente.

“La labor que se realiza para paliar este impacto es obligar las revisiones técnicas vehiculares, para que los automotores estén en las mejores condiciones mecánicas, y promover el uso de los vehículos eléctricos para empezar a sustituir los tradicionales”, describe el funcionario.

La Fundación Metrovía, en cambio, sí tiene un departamento de Ambiente que, a través de un programa establecido ejecuta mediciones de nivel de ruido causado por sus unidades para garantizar el cumplimiento de las ordenanzas.

Su gerente, Leopoldo Falquez, explica que se trata de inspecciones mensuales en paraderos y terminales del sistema en las que se utiliza un sonómetro. Ninguno supera el límite permitido por acuerdo ministerial, que es de 88 decibeles, menor a los de una discoteca, que puede llegar hasta 115, pero similar al camión de la basura, que anda por los 85, describe el documento que envió a EXPRESO.

Las direcciones de Ambiente, Vía Pública y Justicia y Vigilancia tienen actividades en torno a la afectación ambiental por ruido, como control de locales que operan fuera de ley, como talleres de metal en áreas residenciales, pero no existe ningún programa en el que se trabaje directamente con el ruido vehicular.

Francisco Plaza, médico y presidente de la Fundación contra el Ruido y Ambientes Contaminantes y Tabaquismo (Fumcorat), cree que ninguno de los esfuerzos de las autoridades son eficientes. “La ATM y el Municipio tienen toda la responsabilidad. “He recibido pacientes con traumas acústicos de sordera momentánea a causa de claxones, hacia allá debe apuntar la rigurosidad de las inspecciones”, aconseja.

El alcalde Jaime Nebot, durante uno de sus enlaces radiales en los que se trató el tema, insistió en que “el exceso de ruido en Guayaquil no es por falta de regulaciones, ni por falta de acciones. Es por falta de cultura social”.

En otros cantones, como Samborondón, las megaobras ya incluyen estructuras que le hacen justicia a la contaminación sonora. El nuevo puente que conecta con Guayaquil, por ejemplo, planteó la instalación de paneles acústicos antirruidos en los costados del Liceo Panamericano y la urbanización Torres del Sol.

Fuente: Diario Expreso

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